Esta es la segunda vez en mi vida que escribo mientras viajo en tren.
Creo que la culpa la tiene esta especie de ciclogénesis perfecta, que ha empezado a invadir nuestros cielos desde Galicia.
Y es que estoy melancólica. Y mucho.
Pero no paro de repetirme mentalmente que no puedo escribir demasiado, porque luego mis divagaciones siempre resultan exageradamente largas.
Bueno… ¿Por donde iba? ¡Ah! Si, que vuelvo de la facultad, después de un día más o menos eterno, cargada de trastos materializados en forma de folios, que se reproducen a mi alrededor con más facilidad que las abejas, plenamente sumida en la melancolía.
Y hacía mucho que no experimentaba esta sensación de ingravidez mental. Y me fastidia.
Mi día, que apuntaba maneras desde el principio, para acabar conmigo inmersa en este estado tan característicamente gris, ha empezado como todos los malos días: con un madrugón acompañado de una sensación de odio profundo, hacia la persona ingrata que inventó el despertador y con una sensación de malestar general que me invadía plenamente.